miércoles, 28 de septiembre de 2016

azul







"...sabe que no se puede ver ningún sentido en nada de lo sucedido hasta ahora. Por una vez, no se siente desalentado por ello. De hecho, cuando sondea más profunda­mente dentro de sí, se da cuenta de que en conjunto se siente bastante fortalecido. Descubre que hay algo agradable en estar a oscuras, algo emocionante en no saber lo que va a suceder. Te mantiene alerta, piensa, y no hay nada de malo en eso, ¿ver­dad? Con los ojos bien abiertos y en puntillas, absorbiéndolo todo, listo para cualquier cosa."







Paul Auster

viernes, 16 de septiembre de 2016

Ahora es siempre

No se tiró del tobogán.
No se animó, no besó.
Apenas se movió, no bailó.
No le gritó que se quedara.
No abrazó a papá.
A mamá le corrió la cara.
No perdonó.
Amó. No se la jugó.
No le dijo que el quería. Mucho menos que la quería.
Nunca contó qué era lo que quería.
Nunca se habló a sí mismo.
No dijo que si, tampoco dijo que no.
Cuando lloró, no supo que hacer.
Nunca tembló.

Su suelo ya tenía la huella de sus pies. Nunca la cambió ni intentó correrse de ahí. Su huella era su certeza y no viajó...
Se quedó en casa y cuando el cigarrillo le quemó los dedos una idea lo cabeceó de lleno, y una vibración distinta lo recorrió y lo levantó en explosión. Como el vapor levanta la tapa de la olla, así: sin control.
Nunca había caminado tan firme. Abrió la puerta y corrió. Nunca había llovido tan fuerte. Nunca había corrido tan rápido. Nunca había salido sin abrigo un día como ese.
Abajo de los paraguas los juicios se escurrįan por las miradas. Nunca se había dado cuenta que estaban. Sonrió. Nunca había sonreído bajo el agua. Nunca había sonreído mientras los juicios lo miraban. Nunca habia tenido tan poco frío en plena lluvia de invierno. Nunca saboreó así la lluvia que ahora se sentía salada.
La casa estaba a varias cuadras, cuadras que nunca había recorrido tan rápido. Estaba todo igual y tan distinto: estaba el timbre, la ansiedad, el primer temblor, la voz como campana de toda belleza, y estaba también asomado el pelo, la frente, los ojos, los ojos (nunca se habia hipnotizado así), los ojos cambiando de forma por los dientes que se asomaban, dientes que cambiaban y agrandaban toda su hermosura. Nunca pensó que podía ser más linda.

Nunca había sentido eso. Nunca. Nunca vio realmente esos ojos.

Y sintió de todo, sintió como nunca hasta que pensó.

Pensó, en cuestión de segundos pensó qué gran paradoja que nos cueste tanto ir adonde sabemos que nos vamos a encontrar. Qué especie rara de gravedad forzada esta levedad de existir.

Nunca dejó a una idea descansar tan rápido.

Nunca había soltado una idea porque sí. Nunca había devuelto una idea en un sobre que llevaba escrito 'gracias'.

El beso te lo podrás imaginar.

La magia del beso es imaginar.

Nunca llovieron tan fuerte sus ojos.












[fecha original: 06.09.2016]

jueves, 1 de septiembre de 2016

Adhesiones de lo inconcreto (relato vertiginoso)

Hilos que conectan con nudos minuciosos. Cuerpos comunicados a partir de hilos, interactuando a través de ellos.

Lo tangible y lo intangible de nuestros cuerpos en vínculo mediante interacciones arbitrarias que cobran sentido a través de los hilos mismos, entre otros hilos contrapuestos con la otredad de los hilos de allá —esos que a veces vemos sin comprender—.Hilos tensos, hilos leves, hilos molestos, otros inconclusos, dinámicos, indecisos, vibrantes, luminosos, enredados, con nudos, enredados entre otros hilos... Hilos que empiezan siendo el misterio detrás de escena y terminan siendo la medida de lo cotidiano.



¿Cómo dejar de entretejerlos y anudarlos? En mí veo germinar esa costumbre como un reflejo casi autómata, un escalofrío constante de alguna materia que no veo pero está, siempre está. El tejido responde a un movimiento de agujas gigantes que veo desde abajo cuando logro verlas, como pasa en esos momentos plagados de sonidos intermitentes que se sincronizan de golpe. O será que el que se sincroniza es uno con ellos, andá a saber.
En particular, diría que veo algo así como manos que hacen crochet con hilos infinitos, o eso creen ver mis ojos. Veo también mis hilitos ínfimos, que en realidad no son míos y tantas veces creí gigantes sólo comparándolos con otros. Siempre que los miro revive en mí esa dinámica conocida de querer "ser grande" cuando "sos chico" y viceversa, ese capricho que termina sólo cuando cierra el telón. Y decir que termina es un eufemismo, porque termina como lo hace la lluvia, que vive y crece detrás de escena. Qué subjetivo esto, hablar de lo grande y lo chico. Y qué grandes compañeras son las comillas... tan pequeñas.

En fin, así los ojos se me bizcan, veo borroso y desnudo nuevos hilos que apuntan a cualquier lado, hilos mal ubicados, mal dimensionados. Grandes hilos de metal entre la cabeza y el corazón, hilos repetitivos ahogando mi Animus, hilos rígidos por tanta helada, hilos con nudos tras nudos tras nudos entre varios hilos irreconocibles. Hilos que ya no se sabe de dónde salieron, que tal vez se hagan círculos sin saber.
Hilos especiales, con otra textura, que me arriesgo a nombrar como temporales y atemporales. Son los mismos y apuntan a nuestra raíz del tiempo, lo Creativo, aferrados con fuerza a nuestros niños: hilos que cada tanto hacemos riendas y nos reímos con un hacer que nace del ser (risas que también vienen entretejidas. Espasmos estornudos del inconsciente).

Veo, desetiqueto en círculos, y observo el desorden.
Me aburro; tiro de un hilo y veo lo que pasa. Tiro de otro hilo, veo lo que pasa. Así.
Veo por otra parte, con la mirada todavía borrosa, caños, cables y vigas que atraviesan a toda la casa y veo, por supuesto, las paredes que la contienen. Hay un altillo que siempre está y siempre olvido. Subo. Arriba un nene duerme, el sol pega siempre, las nubes nunca llegan y se siente nuevo estar, como rozando el pasto con los pies. Nuevo, como un encuentro-despedida en bucle. Siempre nuevo.
Y veo la casa que en el entretanto parece más conventillo que hogar. Imaginate: un comedor atravesado con hilos, tantos como para atar mil elefantes ¿cómo se vive así?. Pero así vivimos robotizados si no vemos una matriz aunque sea imaginara y mientras veo el supuesto desorden ya no veo la estructura física que cada tanto me marea (ahora que lo escribo veo tan claro que me da más vértigo el limite que el enjambre de nudos. Así vivo).

Alguno pensará que en vez de conventillo eso es un manicomio. 
Quien pueda que haga la distinción concreta, porque a mí, por lo pronto, no me sale hablar de la locura como los que reman entre habladurías del día a día. Lo que deduzco irracionalmente es que: 
los hilos están siempre, 
la estructura puede faltar
o mutar
o ser un río
un río de tela
un telar de agua.
Los hilos están
el sol también.


Algún día de esos que naufrago me doy cuenta que desde el parque, afuera y lejos, se entiende mejor el telar, sobre todo cuando me subo al roble florecido. Entender es una palabra gigante pienso, y después me pasa algo fuera de mi común: me aburro de pensar estando ahí afuera y arriba.

Afuera y arriba: cómoda combinación de términos y ubicaciones desde donde administro sin lógica los hilos (lugar que aparte de cómodo es seguro porque no tengo que hacerle frente al león que da vueltas alrededor de la jaula abierta. No es que le tenga miedo, lo que pasa es que todavía no puedo mirarlo fijo aunque me enamore —¿aunque o porque?—. Lo mismo me pasa con el sol. Me pasa con eso-que-se-siente-de-golpe. Mejor ni hablemos de eso, me confundo)

Y también me doy cuenta sólo ahí, lejos del enredo, que puedo elegir de qué hilo tirar. Me veo siendo y escribiendo todo esto porque en realidad ahí lejos estoy en un sueño con ojos bizcos abiertos, y sueño: no siento mis manos ni la fuerza de mis brazos, pero algo esta en tensión; no siento mis piernas contra el árbol mientras sé que hay un roble y sé que estoy arriba —¿sé o intuyo?—; siento poder, pero no es la sensación de manejar un tanque, ni siquiera es una sensación que me atraviesa, sino algo como el poder de alternar mis movimientos en cada aspecto, en cada cuerpo, como si mantuviera bajo el agua un globo que puja por salir durante el día; siento que hay algo que me pasa pero no soy yo el que pasa cuando me pasa eso.

Tal vez decir "en realidad" y "sueño" en la misma frase pueda falsear sentidos concretos aparentes, pero lo que pasa es que el mundo que describo es un mundo de metáforas, un mundo de sugestiones.. Me abro a ver que todo eso también es el mundo desde el que escribo 
de alguna forma ahí o allá es más fuerte, más concreto 
pero es el mismo mundo que hago fetas para explicarlo
(justamente ahí o allá la metáfora puede ser concreta, 
eso es lo que pasa ahí pero acá no, ¿me explico?).

Freno, no quiero enredarme más, así que jugando tiro del único hilo celeste: con el impacto el nene se ríe y me contagia, el león brilla más fuerte y ruge, las puertas ya no están, el altillo se hace vitrina y el árbol agua. Un único hilo celeste anudado en trenza de mujer. Un único hilo trenzado, mi mano que no es mía y no se si estoy dormido o despierto... Y eso pasa ahí, pasa que no sé, pasa que todo esto es un cuentito corto de lo que siento después del vértigo.
Asumo la caída y soy paracaídas sin hilos.
Soy la campana inflada con fuerza.
Soy solo ese momento ahora que escribo sobre éste acá.



Y eso que estaba pasando ya pasó.
Ahí o allá sigue estando en el mismo lugar, ahí o allá, pero el que se mueve soy yo.
Y el movimiento es inevitable.
La oscilación es cadencia y armonía.
Respiración inconclusa de los hilos sobre el Todo.

viernes, 19 de agosto de 2016

Un reloj sin segundero

¿Quién sos? Pestañeo y te reconozco ahí donde mi carne sabe que vas a estar, ahí donde ya transpiré, morí y renací infinitas veces. Guiño un ojo y entiendo tu guiño, pero ya no es el mismo que veo. Te moves, nos movemos, pero nunca completamente juntos... siempre nos quedan incompletas las distancias.
Si estiro un brazo hacia vos los patovas de la materia me reprimen; y te extraño mientras me sacan a patadas, porque vos ya fuiste mientras yo estoy siendo. 
Te extraño y es extraño sentirlo. Sos extraño: no te recuerdo pero estás en mi memoria.
Me sorprendés con cada gesto mientras una parte de mi ya te conoce hasta el bostezo. ¿Qué memoria te habla ahora?
Y te extraño. Te extraño porque no sos mío y te siento el pulso. Porque estas adentro pero del otro lado, ahí donde un plasma desequilibrado nos repele. Porque nunca vamos a caminar esas calles con los mismos pies ni acariciar con las mismas manos. Incluso en la tumba vamos a estar tan, pero tan lejos... Te extraño, pero sé que hay otras calles, otros tiempos, otros pies, otros cuerpos. Creo que te crucé alguna vez por allá, ibas distraído mirando al tiempo, sin zapatos, y tu sonrisa parecía un peinado nuevo. Cruzamos miradas y pude ver a través de tu cráneo. No pensaba en nada

Después me desperté y estaba desnudo. 

Ahora que lo pienso no se si eras vos el que vi.



En efecto te pienso distinto, y eso pasa cada vez que el sol no pega mucho ni poco, cada instante en que el viento frena acompañando cada movimiento y el reflejo muestra más que un símil de segunda mano. Entre toda esa perfección, mi homo sapiens se razona y en sus gestos se nota el temblor como resistencia a perder su credo; el miedo a los patovas que dañan lo único que le pertenece... 

Pero ahora mi sapiens brilla arte con el alma, y se pregunta ¿a cual de esos cuerpos le pertenece el brillo? Eso que se mueve no es de nadie más que de la libertad, y se da cuenta cuando habla de ella, la eterna bailarina, solo así se da cuenta que pertenece a algo más grande que espera siempre acostado y cuasi poseído a que vuelva a su primer cuerpo.
Sin más, me hago un buche con el cuentagotas del tiempo y descubro la impertenencia: sumando lo que fui, lo que soy y ese otro flechazo al futuro, el bigbang se hace tierra fértil. Y renazco.

viernes, 5 de agosto de 2016

Mostrame los relojes que defienden tus fantasmas


¿Cómo? 
Nuestros cómos son como nosotros.
Somos nuestros cómos.

Contame de vos: hablame de mi.

Contame tus cómos, esos papelitos dorados que recubren a tus qué. Si querés contame tus qué, tenemos tiempo sabés... pero para serte sincero, son lo que menos me importa de vos. El agua está caliente y hay miel, así que contame un poco más. Tranquilx, el tiempo no existe.
Contame los cuandos que fueron tiñendo tus cómos de hoy, o los de ayer también, contamelos todos y ni dormido voy a querer dejar de escuchar. Capaz no los entiendo, tampoco importa mucho entenderlos, contamelos todos que me encanta escucharnos.

Contame cuantos cuandos se repitieron entre tus pies que se pisan a sí mismos y cuantos de esos traspiés se repiten todavía: contame tus eternos retornos que son los míos también (contemos lo que no es mío ni tuyo, lo que es nuestro y es de todos).
Contémonos todo lo poco que sabemos de nosotros mismos. Contemos para poder contarnos más, para ver los olores, para escuchar colores nuevos. Contemos sin números todos los detalles, para encontrar ese punto que se une con la línea o quedarnos ciegos.






Contemos para un día dejar de contar.

Para que un día podamos sentarnos en el balcón a mirar pasar el sol, las señoras con los carritos del chino y los camiones de enfrente que pasan quietos. Que miremos a un punto fijo y no veamos solamente el qué fijo del punto, sino también sus cómos incendiados de sol, sus cuandos cambiantes del agua en sangre y sus cuantos hechos de interminables pedazos de nada que nos inyectamos despacito.
Que veamos juntos con cuatro ojos que son dos que son el mismo en el punto móvil del cómo que se posa en el cosmos para ver nuestras pupilas.

Sentémonos en el balcón a mirar lo que nos va, lo que nos viene. Sólo a mirar para aprender a mirarnos entre las cartas eternas que nunca llegan.
Y cuando te aburras, pasame el mate y andá a mirar por otro lado. Está todo bien, andá tranquilx que yo voy a cambiar la yerba que ya se lavó.

Siempre está todo bien, sabés... Las respuestas sobran cuando las preguntas no existen.

Descubrite, que descubiertos podemos estar mejor que bien, si es que existe eso.

Descubriéndonos para contarnos, y también al revés, así el semicírculo se completa en su mismo semicuerpo que puede ser el nuestro (o el cuerpo del encuentro de las miradas, quién sabe).
Hoy sobra la miel, quedémonos acá que el otoño nos presta un ratito más de calor. 

Y tomá, que me cansé de cebar.
(nos)


domingo, 24 de julio de 2016

Humanizarse en lo bestial

Animalidad 
como reverberancia 
de lo íntimo.

Un animal no libertino, un nuevo animal nacido de su raíz y su pulso natural, con la fuerza del paradigma que nos rodea y sus prototipos y arquetipos y rellenos. Bestia nacida de lo no humano y a partir de lo humano.
Y esa idea... esa ilógica idea de ir; de buscarla; de morderse los dientes; de hacer grises con lo cromático... Lo activo en lo pasivo y viceversa. ¿Cómo hacer inacción? (¿"Cómo"?)

¿Como no morder empachado la insaciable lengua moral? 
No me mires así, fiera domesticada...

Animalidad. Animalismo.
Lejos de significados, el animal se crea a sí mismo sobre cualquier pasto improvisando su solo en la dinámica universal. Vive para darle valor a sus ideas. Existe para inflar de peso su caminar. Una aparente falta de significantes repleta de significado.
Pero nosotros, perdidos entre el pavimento con la palabra siempre ahí, cerquita; llevando de la mano ese quiste de lo no animal. Dependiente de atención, haciendo ruido, la caprichosa palabra eventualmente se agota y abre un nuevo espacio, le hace lugar a un terreno sin techo para dejar de preguntarnos "¿cómo?" y ser (¿"ser"? Suceder consciente. Res non verba, digamos):

Ser saliva; agua mamífera; bestialidad que nos da sucesividad; improvisación sobre armonías naturales que transportamos en las fibras más sensibles. Lo natural que en primera instancia creamos en nosotros y en última instancia nos crea (¿cómo hablar de lo primero y lo último en espacios atemporales? ¿cómo dejar de intentar hablar sobre ésto abarcándolo por arriba, por abajo, por su centro o su periferia?)

Y hablar de ésto siendo bestial. Hablar de ésto: la vía para dejar de hablar de ésto y en el camino de vuelta hablar de eso. Eso, la saliva, todo eso. Eso que puede dar repulsión: lo que inevitablemente compartimos. Desandar el camino, retroceder y volver a empezar, no importa con qué palabras lo digamos: toda devolución de lo caminado le queda corta a ese 'cómo' que afina mejor con la falta de peso en las ideas, con la idea de realzarse a un punto más alto y previo al nacimiento de cualquier camino; previo incluso a la existencia del rótulo "camino".


Estás siendo ese 'cómo' ahora.
Mostrás la quintaesencia del ser ahora.
Y ahora.

Y ahora.

Con todos esos retazos de comienzos, con todos los sucedáneos de sentido que acumulamos y con el sentido más íntimo que nos eriza la piel, crear una bestia pretérita y evolucionada cuyo opuesto no sea el humano, sino algo más que humano y más que bestia (¿"algo más"? ¿o más profundo? ¿más elevado? ¿importa el adjetivo cuando se siente?).

Parado en la pieza del rompecabezas 
que es paisaje final 
-y es más que una sola pieza-, 
el desorden triunfaba.

Dejó de preguntar 
para mover 
la respuesta 
en el cuerpo. 
Mover la respuesta.
Moverse.

Mover.

Ahora.


martes, 28 de junio de 2016

Pensar es moverse (y/o crearse) [catarata de ideas]

¿Cuántos pensamientos de distancia hay entre nosotros?

Si pensamos en lo mismo, ¿cuenta como encuentro?

Los pensamientos son desplazamientos; son otros pares de brazos que también abrazan. Extensiones proyectadas que crean enlaces en un vaivén constante, momento a momento, en lapsos así: más chiquitos que un segundo.
Moverse es desplazar el cuerpo material, pensar es desplazar el cuerpo inmaterial. Entre ambos cuerpos, descansa un paréntesis eterno, una distancia que no dista por no poder ser medida... una especie de espacio sin materia.
Si elijo un pensamiento, elijo un universo posible entre agujeros negros.
Elegir implica siempre no elegir; acción y reflejo nunca se separan. Hacer algo implica no hacer otras cosas. Pensar algo implica no pensar otras cosas... Y si mirás bien, hay más "no" que "si": si elijo uno, no elijo infinito-menos-uno.

¿Que pasará con la elección que hace de agua entre ambos cuerpos-continentes? ¿Qué tan profunda es?


Si me muevo entre infinitos espacios, ¿Dónde caberá la ansiedad? ¿Existiría tal palabra?

Un cuerpo que sólo danza sin buscar evitar la caída recorre el camino paralelo a la mente que sólo se desplaza expansivamente sin buscar evitar el error.
En el medio de la caída esta la danza.
 En el medio del error esta la expansión.


Así como se elonga el cuerpo y todas sus atomizaciones, encajes y músculos, ¿se podrán elongar los pensamientos con toda su complejidad e infinita latitud?

Conciencia del cuerpo para aprender a escoger cómo materializamos y en qué fluctuación desaparecer. Conciencia de "lo inmaterial" para comprender que también podemos ser infinitos y atemporales.
Aprender en cada disparo a hacernos infinito, para ser finitos e infinitos a la vez: Finitos por definición, infinitos por decisión. Empoderarnos de la energía que mueve nuestro cielo interno.
Tomar todos los caminos mientras "no tomamos" ninguno. Anonimarse. Animarse a ser anónimo.
Ser anónimo es elegir todo mientras se elije nada; una aparente contradicción que escapa al sentido... Metáfora que se desdobla en forma de ocho acostado. Metáfora que somos cuando hablamos sin palabras.
Cuando hablamos, ¿le decimos a lo coetáneo de qué se trata su existencia o dejamos que él nos cuente un poco de sí mismo?

Intento constante y voluntario en el que uno no le dice al momento lo que es sin antes escuchar qué es lo que el momento habla (mientras aparenta esconderse tras imágenes y luces parpadeantes).
Y si el momento nos dice que es ilimitado, ¿tendremos miedo? Tendremos miedo: cualquier pájaro tiene miedo de aprender a volar.


Si no se cómo hacer algo, ¿qué hago? Lo hago.

No salvarse en lo salvaje del propio precipicio.
Ser anfibios en multiversos que se enredan frente a nosotros, tejiendo y destejiendo perfección.
No asomarse a pagar en vigilia lo que en sueños uno se niega.
Descolonizar todos nuestros "propios" cuerpos: la libertad no es un río, es el agua y su caudal. (¿a quién le pertenece el agua? Pensalo...)
Higienizar la mirada y dejar de saber para poder ver; para moverse.


Ir sin cuerpo y sin palabras a enraizarse en cada átomo.


Fundar un suelo ahí, donde podés moverte. Fundarte tu país por partes hasta que toda la extensión sea tu propio suelo, tu propio sueño.