Cuentan los mitos que en los tiempos en que se miraba más al cielo, una tribu creía firmemente en lo estados químicos del alma. Habían comprobado en largas expediciones al cuerpo de los sueños, que los niños se gestaban en vientres líquidos para facilitar los cambios de estado; del gaseoso al líquido, y de éste, al sólido, gracias al cual se apretaban y ordenaban las moléculas para dar forma a las caricias, las sonrisas y las miradas. Pero toda esta forma no era más que una forma. La forma sin forma que daba color al cigoto era el verdadero rostro de cada uno, y a ese rostro se le ponía nombre de flor, de sentimiento o sólo se inventaba alguna palabra nueva para describir el color que se veía en esos viajes.
Cada ser nacía con los tres estados químicos en simultáneo, y, dependiendo del oficio de su alma, se predisponía más a un estado que a los otros. Se dice que esta tribu funcionó en equilibrio con la naturaleza hasta la tormenta del cristianismo, cuando cada rayo en forma de crucifijo los acusó de fantasiosos y pecadores. Un dato sorprendente es que ante estas acusaciones, hay registros de que los integrantes de la tribu se reían hasta el llanto; y que, frente a la hoguera en la que fueron calcinados, cantaban las canciones más hermosas con sus ojos puestos al cielo y sus pies al barro.
A ésta masacre sobrevivió un escrito en el tallo de un sauce que nunca pudieron quemar, por motivos que los pastores llamaron "magia negra" y los que no creían en nada más que en sí mismos llamaron, cortito y al pie: "magia". El sauce le ponía nombre a los estados del alma de esta manera:
A quienes dedican su vida a ser rígidos, a esos que les da miedo mirar a los ojos o sonreirle al viento, los llamaba Engranajes. Tenian una piel tan gruesa que jamás conocieron lo que era la caricia de una mariposa, pero por esta cualidad podían sobrevivir a una tonelada de los mas pesados insultos al alma. El doble filo de su peso y su coraza es que, al mismo tiempo que ésta les da estabilidad para caminar y fortaleza para derribar muros, éstos seres son mas propensos a quebrarse, por tener la misma forma que en la realidad. Sufren muy a menudo de la enfermedad que alimenta nuestra cultura de hoy: la apuritis. El problema es querer caminar mas rápido que la naturaleza, y entonces tropiezan. Como son tan grandes, al caer rompen vidas, el polvo que desprenden contamina y en sus corazones abunda el moho, por no poder airearlo a menudo.
A aquellos que saben patinar sobre el hielo de los conflictos, los llamaban Aceites de Lavanda. Llegan a tiempo a todos los choques de cabeza, y en sus bolsillos guardan una cajita con balas de consejos, una medida de océano de caricias, lo que entra en la boca de una ballena de oídos que escuchan y múltiples cobijas de abrazos (de esos que funcionan siempre como si vinieran de mamá). Ellos eran los comerciantes de la tribu, y de esa forma nunca nadie pasaba hambre.
A quienes llegan siempre una sonrisa antes que el tiempo, se los llama Oloracielo. De estos individuos estaba plagada la tribu, y por eso ellos conocían bien lo que hay más allá del vacío, y tenían mapas completos del espacio que ocupa el alma de los sueños. Se dice que estos seres, con sólo aparecer en un ambiente, techado o no, cambian el clima a soleado aunque llueva tristeza, enojo o cualquier desesperanza. Tambien se dice que en su mirada habita el color de los sueños, y su forma etérea los ayuda a infiltrarse en los sueños de los demás y hacerlos altos; toda esta maniobra la hacen con la mirada... imaginen todo lo que pueden hacer con un abrazo. Un cuento dice que son los portadores de la fórmula del arcoiris, y la pueden revelar sólo en sueños o creando su arte, que es lo mismo.
Hay quienes todavía encienden su lado más gaseoso y son estos los perseguidos en los tiempos que corren. Las dos últimas formas que redacté están siendo rechazadas desde que existe la ciencia, porque esta señora dice que son poco serias, peligrosas o ilusorias. Tenemos la suerte de que aún se mantiene encendida una llama en la gente, y esa llama siempre apaga la oscuridad del miedo.
Claro que si hablamos de los elementos, ya les hable sobre la tierra, el agua y el aire, y se preguntarán qué pasa con el fuego. Se dice que el fuego lo llevamos todos, y lo enciende la pasión por algún arte, por alguna mirada o por cualquier comida. El fuego es eso que se enciende cada vez que pasa un Oloracielo, y es eso que se amaina cuando se topa con los Aceite de Lavanda. El fuego puede ser apagado si uno pasa mucho tiempo siendo Engranaje, porque se ahoga y se corre el peligro de apagarlo para siempre, o mejor dicho hasta la próxima muerte física.
Estamos en una época en la que hay tantos Engranajes que todo anda un poco trabado, como las calles en hora pico. Se podría decir que estamos viviendo la hora pico de la existencia. Por fortuna hay maestros del aire y del agua que andan por ahí, camuflados detrás de un florero, adentro de las guitarras, en los llantos de los bebés y en miles de otros lugares donde abunda el calor de algún fuego inmortal.
El fuego, que no se crea ni se destruye, tiene mucho que ver con el alma.
sábado, 11 de marzo de 2017
martes, 15 de noviembre de 2016
cipsela
Que existe ese cuarto, existe.
Que en el cuarto hay muchas puertas, las hay.
Que entre las puertas se cuela la luz, se cuela.
Y que la luz no viene de afuera ni de adentro,
que la luz es espejo de las puertas,
y el reflejo no se acuerda de sitios ni de espacios
de afueras ni de adentros.
Que la luz no se gasta ni se rompe,
y uno mismo es la puerta que se abre,
que al abrir se te inyectan luces de olores, texturas tras sabores, pinturas de todos los sonidos que rebalsan de colores y calores.
Y que parece que hay colores para ver con otros ojos:
ojos de nariz, ojos en la oreja,
ojos en las manos y entre los pelos,
ojos bajo los pies, sobre la tierra,
entre las uñas y la mugre,
un montón de ojos en la lengua y ojitos en los dientes que tienen manos chusmeando sabores, besos, ruidos.
¿dónde termina un sentido y empieza el otro?
¿donde termina un sentido,
empieza el otro?
¿cual de todos?
¿cuántos hay?
si hay momentos en que el silencio se cose al olor de un jazmín;
otros en que el mismo olor viene pegado a un recuerdo;
y a veces un sabor agrio nos trae melodías dulces;
o si existen a destiempo tactos con sabor irrepetible;
si existe todo eso,
¿no puedo yo fundirme en los recovecos del cuarto, con sus luces y sombras?
¿qué pasa si mezclo sabor a canela con fa sostenido?
¿qué pasa si al latido del corazón le pongo olor a caramelo?
¿no se siente rico condimentar los sentidos para colmarnos?
(¿y los sinsentidos, no se condimentan jugando?)
Me parece un lógico sinsentido que lo inalcanzable muchas veces es lo que esta al alcance de la mano.
Mientras los que repiten dicen que hay cosas que están "entre las narices"
¿qué pasa si me fijo qué tengo hoy entre las narices?
Crearme ángulos para ver y mezclarme con la puerta, con la luz, con el cuarto y con la sombra. Crearme cuerpos sin borde y recovecos para dejar de ser ese yo que ya conozco y pasar a ser otra cosa,
o un soplo
de diente de león
que escucha al aire
se abre al aire
se vuelve viento
y empuja al panadero
que ya es "otro"
y mueve la semilla
para otro lado
para otro cuerpo.
viernes, 7 de octubre de 2016
el ángel
"Blake escribió con mucha amargura:
"Siempre he advertido que los Ángeles tienen la vanidad de hablar de sí mismos como de los únicos sabios. Hacen esto con una confiada insolencia que brota del razonamiento sistemático."
El razonamiento sistemático es algo de lo que tal vez no podamos prescindir ni como especie ni como individuos. Pero tampoco podemos prescindir, si hemos de permanecer sanos, de la percepción directa, cuanto menos sistemática mejor, de los mundos interior y exterior en los que hemos nacido. Esta realidad es un infinito que está más allá de toda comprensión y, sin embargo, puede ser percibida directamente, y desde cierto punto de vista, de modo total. Es una trascendencia que pertenece a un orden distinto del humano y que, sin embargo, puede estar presente en nosotros como una inmanencia sentida, como una participación experimentada. Saber es darse cuenta, siempre, de la realidad total en su diferenciación inmanente; darse cuenta de ello y, aun así, permanecer en condiciones de sobrevivir como animal, de pensar y sentir como ser humano, de recurrir cuando convenga al razonamiento sistemático. Nuestra finalidad es descubrir que siempre hemos estado donde deberíamos estar.
Por desdicha, nos hacemos muy difícil esta tarea. Pero, entretanto, hay gracias gratuitas en la forma de realizaciones parciales y fugaces. Bajo un sistema de educación más realista y menos exclusivamente verbal que el nuestro, todo Ángel —en el sentido que Blake da a la palabra— tendría autorizaciónp5ara un banquete sabático, sería inducido y hasta, en caso necesario, obligado a hacer de cuando en cuando, por medio de alguna Puerta Química en el Muro, un viaje al mundo de la experiencia trascendental. Si esto le aterrara, sería una desdicha, sin duda, pero probablemente saludable. Si le procurara una iluminación breve, pero sin tiempo, tanto mejor. En cualquiera de los casos, el Ángel perdería algo de la confiada insolencia que brota del razonamiento sistemático y de la conciencia de haber leído todos los libros."
"Siempre he advertido que los Ángeles tienen la vanidad de hablar de sí mismos como de los únicos sabios. Hacen esto con una confiada insolencia que brota del razonamiento sistemático."
El razonamiento sistemático es algo de lo que tal vez no podamos prescindir ni como especie ni como individuos. Pero tampoco podemos prescindir, si hemos de permanecer sanos, de la percepción directa, cuanto menos sistemática mejor, de los mundos interior y exterior en los que hemos nacido. Esta realidad es un infinito que está más allá de toda comprensión y, sin embargo, puede ser percibida directamente, y desde cierto punto de vista, de modo total. Es una trascendencia que pertenece a un orden distinto del humano y que, sin embargo, puede estar presente en nosotros como una inmanencia sentida, como una participación experimentada. Saber es darse cuenta, siempre, de la realidad total en su diferenciación inmanente; darse cuenta de ello y, aun así, permanecer en condiciones de sobrevivir como animal, de pensar y sentir como ser humano, de recurrir cuando convenga al razonamiento sistemático. Nuestra finalidad es descubrir que siempre hemos estado donde deberíamos estar.
Por desdicha, nos hacemos muy difícil esta tarea. Pero, entretanto, hay gracias gratuitas en la forma de realizaciones parciales y fugaces. Bajo un sistema de educación más realista y menos exclusivamente verbal que el nuestro, todo Ángel —en el sentido que Blake da a la palabra— tendría autorizaciónp5ara un banquete sabático, sería inducido y hasta, en caso necesario, obligado a hacer de cuando en cuando, por medio de alguna Puerta Química en el Muro, un viaje al mundo de la experiencia trascendental. Si esto le aterrara, sería una desdicha, sin duda, pero probablemente saludable. Si le procurara una iluminación breve, pero sin tiempo, tanto mejor. En cualquiera de los casos, el Ángel perdería algo de la confiada insolencia que brota del razonamiento sistemático y de la conciencia de haber leído todos los libros."
martes, 4 de octubre de 2016
Acordar desacordar. Existir en abandono constante.
El otro, lo otro... vamos hablando, discípulos del chisme, dopados por el vicio de encuadrar a lo otro, lo que está fuera nuestro, lo que nos ataca todo el tiempo. Encadenando flores nos creemos la ilusión de este cuerpo.
Tantos locos robando vida al tiempo y dormimos alimentando una supuesta cordura ¿dónde tenés puestas las esposas vos? ¿me ayudas a ver las mías?
El otro es siempre caos; lo ajeno que perturba.
El otro, lo otro: un trastorno que contrae los pulmones y revuelve nuestro ritmo.
El otro, moviendonos como si no fuera tan "otro".
¿Te fijaste cuantos sujetos viven adentro de un otro?
Y con cada uno de esos sujetos, ¿cuantos nosotros interactúan? ¿te animas a contarlos? ¿te animas?
El otro es el remolino, lo enredado que de una forma u otra ya tenemos adentro... minutos, horas y vidas peleando con el caos, desatando con una mano los nudos que atamos con la otra. Mirando el canal de lo inesperado llevamos un control sin pilas en la mano.
¿Quién dijo que somos humanos realmente? ¿Cómo aseguramos que ya llegamos a serlo? No nos veo más que como absurdos animales egocéntricos creyendo que libertar es controlar, con un hilo de baba cayendo en exposición de nuestra naturaleza dormida. Llevamos adentro la memoria de los protozoos, los minerales, los vegetales, todo en nuestro gen y esa voz lo usa para convencernos de ser más, mientras somos el eslabón que viaja en pedazos de metal y se enoja porque hay muchos en la calle, porque "no se puede viajar así" y porque estamos haciendo pelota el planeta. ¿Quién fue el que se animó a decir que somos humanos? ¿Quién se anima a decir que somos? ¿yo soy? ¿vos sos? ¿te animás a ser? ¿me animo?
¿Cuántas veces por día realmente soy y elijo ser?
Pero no, claro... como si fuera poco malgastamos la palabra para contarle a los otros que no sabés cuántos nuditos desaté hoy, qué cansado que estoy, cuántos autos había en la calle y qué caro que está el queso.
Y no, los otros no saben. Los otros tienen sus propios nudos, pib@. Cuando termines de contar los tuyos te cuenta los suyos, y así se entretienen hasta la próxima. Y esos nuditos entretienen, pero no son más que supositorios, cosificaciones de lo humano, resumenes de los nudos profundos.
No se trata de nada de eso; desatar los nudos, sacarse las esposas, romper todos nuestros nervios para reponerlos a cada instante es algo de uno, con uno y para uno. Tanta narrativa bajo control empobrece el alma y esa loca de la casa vive escribiendo novelas de puro nudo y sin final. Nudo tras nudo tras nudo, auto tras auto tras auto, insulto tras insulto... humanos. Redimidos humanos que dejamos ahí esperando y nunca crecieron.
Redención frente al caos es deshumanización.
Nuestro niño espera para jugar de nuevo en el parque de los astros, hogar del caos.
Ajustar el caos, humanizarse, no tiene nada que ver con cordura o control... tiene que ver con ángulos de visión. Abrirse a la vastedad, a lo panorámico, para que la magia de ser no se estanque en nuestras palabritas hormigas, en nuestros problemitas vagos de temporal, de día nublado, de bondi lleno.
Ir mas allá de lo que conocemos como magia es siempre ir hacia ella. Nunca se llega (lamento informarlo. No hay a dónde llegar, sino hacia dónde ir y las ganas de ir).
En el caos hay fertilidad, en la crisis oportunidad y en los ojos se despliega el caudal que desata todo con su catarata de presente.
En lo otro puede haber flexibilidad, pero no porque el otro se flexibilice o porque lo induzcamos a tal cosa. La magia está en nuestras manos, en nuestros ojos, en los nudos mismos que escondemos.
El verdadero mago está siempre abandonándose, reviviéndose.
¿Te animas? ¿o preferís quejarte?
¿Te animas a destruirte?
Todos los conformistas sufren de cordura y sensatez.
Chico: No trates de doblar la cuchara. Eso es imposible. En su lugar sólo trate de darse cuenta de la verdad.
Neo: ¿Qué verdad?
Chico: Que no hay cuchara.
Neo: ¿No hay cuchara?
Chico: Entonces verá que no es la cuchara que se dobla, sino usted mismo.
Tantos locos robando vida al tiempo y dormimos alimentando una supuesta cordura ¿dónde tenés puestas las esposas vos? ¿me ayudas a ver las mías?
El otro es siempre caos; lo ajeno que perturba.
El otro, lo otro: un trastorno que contrae los pulmones y revuelve nuestro ritmo.
El otro, moviendonos como si no fuera tan "otro".
¿Te fijaste cuantos sujetos viven adentro de un otro?
Y con cada uno de esos sujetos, ¿cuantos nosotros interactúan? ¿te animas a contarlos? ¿te animas?
Tantos yoes charlando con tantos ellos; tantas voces ¿para llegar a dónde?. Ni a mi, ni al otro: un mareo que apenas divierte. Un laberinto de palabrerío inquieto y zigzagueante que convocamos para esquivarnos. Tan aburrido como superfluo: olorcito banal de charlas sin sabor ni condimento, charlas que se quemaron y son polvo negro, charlas que ya se extinguieron apenas mezclé los primeros ingredientes. Lo que necesito -pienso, mientras sigo la charla- es alimento real. Y sigo buscando...
El otro es el remolino, lo enredado que de una forma u otra ya tenemos adentro... minutos, horas y vidas peleando con el caos, desatando con una mano los nudos que atamos con la otra. Mirando el canal de lo inesperado llevamos un control sin pilas en la mano.
¿Quién dijo que somos humanos realmente? ¿Cómo aseguramos que ya llegamos a serlo? No nos veo más que como absurdos animales egocéntricos creyendo que libertar es controlar, con un hilo de baba cayendo en exposición de nuestra naturaleza dormida. Llevamos adentro la memoria de los protozoos, los minerales, los vegetales, todo en nuestro gen y esa voz lo usa para convencernos de ser más, mientras somos el eslabón que viaja en pedazos de metal y se enoja porque hay muchos en la calle, porque "no se puede viajar así" y porque estamos haciendo pelota el planeta. ¿Quién fue el que se animó a decir que somos humanos? ¿Quién se anima a decir que somos? ¿yo soy? ¿vos sos? ¿te animás a ser? ¿me animo?
¿Cuántas veces por día realmente soy y elijo ser?
Pero no, claro... como si fuera poco malgastamos la palabra para contarle a los otros que no sabés cuántos nuditos desaté hoy, qué cansado que estoy, cuántos autos había en la calle y qué caro que está el queso.
Y no, los otros no saben. Los otros tienen sus propios nudos, pib@. Cuando termines de contar los tuyos te cuenta los suyos, y así se entretienen hasta la próxima. Y esos nuditos entretienen, pero no son más que supositorios, cosificaciones de lo humano, resumenes de los nudos profundos.
No se trata de nada de eso; desatar los nudos, sacarse las esposas, romper todos nuestros nervios para reponerlos a cada instante es algo de uno, con uno y para uno. Tanta narrativa bajo control empobrece el alma y esa loca de la casa vive escribiendo novelas de puro nudo y sin final. Nudo tras nudo tras nudo, auto tras auto tras auto, insulto tras insulto... humanos. Redimidos humanos que dejamos ahí esperando y nunca crecieron.
Redención frente al caos es deshumanización.
Nuestro niño espera para jugar de nuevo en el parque de los astros, hogar del caos.
Ajustar el caos, humanizarse, no tiene nada que ver con cordura o control... tiene que ver con ángulos de visión. Abrirse a la vastedad, a lo panorámico, para que la magia de ser no se estanque en nuestras palabritas hormigas, en nuestros problemitas vagos de temporal, de día nublado, de bondi lleno.
Ir mas allá de lo que conocemos como magia es siempre ir hacia ella. Nunca se llega (lamento informarlo. No hay a dónde llegar, sino hacia dónde ir y las ganas de ir).
En el caos hay fertilidad, en la crisis oportunidad y en los ojos se despliega el caudal que desata todo con su catarata de presente.
En lo otro puede haber flexibilidad, pero no porque el otro se flexibilice o porque lo induzcamos a tal cosa. La magia está en nuestras manos, en nuestros ojos, en los nudos mismos que escondemos.
El verdadero mago está siempre abandonándose, reviviéndose.
¿Te animas? ¿o preferís quejarte?
¿Te animas a destruirte?
Todos los conformistas sufren de cordura y sensatez.
Chico: No trates de doblar la cuchara. Eso es imposible. En su lugar sólo trate de darse cuenta de la verdad.
Neo: ¿Qué verdad?
Chico: Que no hay cuchara.
Neo: ¿No hay cuchara?
Chico: Entonces verá que no es la cuchara que se dobla, sino usted mismo.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
azul
"...sabe que no se puede ver ningún sentido en nada de lo sucedido hasta ahora. Por una vez, no se siente desalentado por ello. De hecho, cuando sondea más profundamente dentro de sí, se da cuenta de que en conjunto se siente bastante fortalecido. Descubre que hay algo agradable en estar a oscuras, algo emocionante en no saber lo que va a suceder. Te mantiene alerta, piensa, y no hay nada de malo en eso, ¿verdad? Con los ojos bien abiertos y en puntillas, absorbiéndolo todo, listo para cualquier cosa."
Paul Auster
viernes, 16 de septiembre de 2016
Ahora es siempre
No se tiró del tobogán.
No se animó, no besó.
Apenas se movió, no bailó.
No le gritó que se quedara.
No abrazó a papá.
A mamá le corrió la cara.
No perdonó.
Amó. No se la jugó.
No le dijo que el quería. Mucho menos que la quería.
Nunca contó qué era lo que quería.
Nunca se habló a sí mismo.
No dijo que si, tampoco dijo que no.
Cuando lloró, no supo que hacer.
Nunca tembló.
Su suelo ya tenía la huella de sus pies. Nunca la cambió ni intentó correrse de ahí. Su huella era su certeza y no viajó...
Se quedó en casa y cuando el cigarrillo le quemó los dedos una idea lo cabeceó de lleno, y una vibración distinta lo recorrió y lo levantó en explosión. Como el vapor levanta la tapa de la olla, así: sin control.
Nunca había caminado tan firme. Abrió la puerta y corrió. Nunca había llovido tan fuerte. Nunca había corrido tan rápido. Nunca había salido sin abrigo un día como ese.
Abajo de los paraguas los juicios se escurrįan por las miradas. Nunca se había dado cuenta que estaban. Sonrió. Nunca había sonreído bajo el agua. Nunca había sonreído mientras los juicios lo miraban. Nunca habia tenido tan poco frío en plena lluvia de invierno. Nunca saboreó así la lluvia que ahora se sentía salada.
La casa estaba a varias cuadras, cuadras que nunca había recorrido tan rápido. Estaba todo igual y tan distinto: estaba el timbre, la ansiedad, el primer temblor, la voz como campana de toda belleza, y estaba también asomado el pelo, la frente, los ojos, los ojos (nunca se habia hipnotizado así), los ojos cambiando de forma por los dientes que se asomaban, dientes que cambiaban y agrandaban toda su hermosura. Nunca pensó que podía ser más linda.
Nunca había sentido eso. Nunca. Nunca vio realmente esos ojos.
Y sintió de todo, sintió como nunca hasta que pensó.
Pensó, en cuestión de segundos pensó qué gran paradoja que nos cueste tanto ir adonde sabemos que nos vamos a encontrar. Qué especie rara de gravedad forzada esta levedad de existir.
Nunca dejó a una idea descansar tan rápido.
Nunca había soltado una idea porque sí. Nunca había devuelto una idea en un sobre que llevaba escrito 'gracias'.
El beso te lo podrás imaginar.
La magia del beso es imaginar.
Nunca llovieron tan fuerte sus ojos.
[fecha original: 06.09.2016]
No se animó, no besó.
Apenas se movió, no bailó.
No le gritó que se quedara.
No abrazó a papá.
A mamá le corrió la cara.
No perdonó.
Amó. No se la jugó.
No le dijo que el quería. Mucho menos que la quería.
Nunca contó qué era lo que quería.
Nunca se habló a sí mismo.
No dijo que si, tampoco dijo que no.
Cuando lloró, no supo que hacer.
Nunca tembló.
Su suelo ya tenía la huella de sus pies. Nunca la cambió ni intentó correrse de ahí. Su huella era su certeza y no viajó...
Se quedó en casa y cuando el cigarrillo le quemó los dedos una idea lo cabeceó de lleno, y una vibración distinta lo recorrió y lo levantó en explosión. Como el vapor levanta la tapa de la olla, así: sin control.
Nunca había caminado tan firme. Abrió la puerta y corrió. Nunca había llovido tan fuerte. Nunca había corrido tan rápido. Nunca había salido sin abrigo un día como ese.
Abajo de los paraguas los juicios se escurrįan por las miradas. Nunca se había dado cuenta que estaban. Sonrió. Nunca había sonreído bajo el agua. Nunca había sonreído mientras los juicios lo miraban. Nunca habia tenido tan poco frío en plena lluvia de invierno. Nunca saboreó así la lluvia que ahora se sentía salada.
La casa estaba a varias cuadras, cuadras que nunca había recorrido tan rápido. Estaba todo igual y tan distinto: estaba el timbre, la ansiedad, el primer temblor, la voz como campana de toda belleza, y estaba también asomado el pelo, la frente, los ojos, los ojos (nunca se habia hipnotizado así), los ojos cambiando de forma por los dientes que se asomaban, dientes que cambiaban y agrandaban toda su hermosura. Nunca pensó que podía ser más linda.
Nunca había sentido eso. Nunca. Nunca vio realmente esos ojos.
Pensó, en cuestión de segundos pensó qué gran paradoja que nos cueste tanto ir adonde sabemos que nos vamos a encontrar. Qué especie rara de gravedad forzada esta levedad de existir.
Nunca dejó a una idea descansar tan rápido.
Nunca había soltado una idea porque sí. Nunca había devuelto una idea en un sobre que llevaba escrito 'gracias'.
El beso te lo podrás imaginar.
La magia del beso es imaginar.
Nunca llovieron tan fuerte sus ojos.
[fecha original: 06.09.2016]
jueves, 1 de septiembre de 2016
Adhesiones de lo inconcreto (relato vertiginoso)
Hilos que conectan con nudos minuciosos. Cuerpos comunicados a partir de hilos, interactuando a través de ellos.
Lo tangible y lo intangible de nuestros cuerpos en vínculo mediante interacciones arbitrarias que cobran sentido a través de los hilos mismos, entre otros hilos contrapuestos con la otredad de los hilos de allá —esos que a veces vemos sin comprender—.Hilos tensos, hilos leves, hilos molestos, otros inconclusos, dinámicos, indecisos, vibrantes, luminosos, enredados, con nudos, enredados entre otros hilos... Hilos que empiezan siendo el misterio detrás de escena y terminan siendo la medida de lo cotidiano.
¿Cómo dejar de entretejerlos y anudarlos? En mí veo germinar esa costumbre como un reflejo casi autómata, un escalofrío constante de alguna materia que no veo pero está, siempre está. El tejido responde a un movimiento de agujas gigantes que veo desde abajo cuando logro verlas, como pasa en esos momentos plagados de sonidos intermitentes que se sincronizan de golpe. O será que el que se sincroniza es uno con ellos, andá a saber.
En particular, diría que veo algo así como manos que hacen crochet con hilos infinitos, o eso creen ver mis ojos. Veo también mis hilitos ínfimos, que en realidad no son míos y tantas veces creí gigantes sólo comparándolos con otros. Siempre que los miro revive en mí esa dinámica conocida de querer "ser grande" cuando "sos chico" y viceversa, ese capricho que termina sólo cuando cierra el telón. Y decir que termina es un eufemismo, porque termina como lo hace la lluvia, que vive y crece detrás de escena. Qué subjetivo esto, hablar de lo grande y lo chico. Y qué grandes compañeras son las comillas... tan pequeñas.
En fin, así los ojos se me bizcan, veo borroso y desnudo nuevos hilos que apuntan a cualquier lado, hilos mal ubicados, mal dimensionados. Grandes hilos de metal entre la cabeza y el corazón, hilos repetitivos ahogando mi Animus, hilos rígidos por tanta helada, hilos con nudos tras nudos tras nudos entre varios hilos irreconocibles. Hilos que ya no se sabe de dónde salieron, que tal vez se hagan círculos sin saber.
Hilos especiales, con otra textura, que me arriesgo a nombrar como temporales y atemporales. Son los mismos y apuntan a nuestra raíz del tiempo, lo Creativo, aferrados con fuerza a nuestros niños: hilos que cada tanto hacemos riendas y nos reímos con un hacer que nace del ser (risas que también vienen entretejidas. Espasmos estornudos del inconsciente).
Veo, desetiqueto en círculos, y observo el desorden.
Me aburro; tiro de un hilo y veo lo que pasa. Tiro de otro hilo, veo lo que pasa. Así.
Veo por otra parte, con la mirada todavía borrosa, caños, cables y vigas que atraviesan a toda la casa y veo, por supuesto, las paredes que la contienen. Hay un altillo que siempre está y siempre olvido. Subo. Arriba un nene duerme, el sol pega siempre, las nubes nunca llegan y se siente nuevo estar, como rozando el pasto con los pies. Nuevo, como un encuentro-despedida en bucle. Siempre nuevo.
Y veo la casa que en el entretanto parece más conventillo que hogar. Imaginate: un comedor atravesado con hilos, tantos como para atar mil elefantes ¿cómo se vive así?. Pero así vivimos robotizados si no vemos una matriz aunque sea imaginara y mientras veo el supuesto desorden ya no veo la estructura física que cada tanto me marea (ahora que lo escribo veo tan claro que me da más vértigo el limite que el enjambre de nudos. Así vivo).
Algún día de esos que naufrago me doy cuenta que desde el parque, afuera y lejos, se entiende mejor el telar, sobre todo cuando me subo al roble florecido. Entender es una palabra gigante pienso, y después me pasa algo fuera de mi común: me aburro de pensar estando ahí afuera y arriba.
Y también me doy cuenta sólo ahí, lejos del enredo, que puedo elegir de qué hilo tirar. Me veo siendo y escribiendo todo esto porque en realidad ahí lejos estoy en un sueño con ojos bizcos abiertos, y sueño: no siento mis manos ni la fuerza de mis brazos, pero algo esta en tensión; no siento mis piernas contra el árbol mientras sé que hay un roble y sé que estoy arriba —¿sé o intuyo?—; siento poder, pero no es la sensación de manejar un tanque, ni siquiera es una sensación que me atraviesa, sino algo como el poder de alternar mis movimientos en cada aspecto, en cada cuerpo, como si mantuviera bajo el agua un globo que puja por salir durante el día; siento que hay algo que me pasa pero no soy yo el que pasa cuando me pasa eso.
Freno, no quiero enredarme más, así que jugando tiro del único hilo celeste: con el impacto el nene se ríe y me contagia, el león brilla más fuerte y ruge, las puertas ya no están, el altillo se hace vitrina y el árbol agua. Un único hilo celeste anudado en trenza de mujer. Un único hilo trenzado, mi mano que no es mía y no se si estoy dormido o despierto... Y eso pasa ahí, pasa que no sé, pasa que todo esto es un cuentito corto de lo que siento después del vértigo.
Asumo la caída y soy paracaídas sin hilos.
Soy la campana inflada con fuerza.
Soy solo ese momento ahora que escribo sobre éste acá.
Y eso que estaba pasando ya pasó.
Ahí o allá sigue estando en el mismo lugar, ahí o allá, pero el que se mueve soy yo.
Y el movimiento es inevitable.
La oscilación es cadencia y armonía.
Respiración inconclusa de los hilos sobre el Todo.
Lo tangible y lo intangible de nuestros cuerpos en vínculo mediante interacciones arbitrarias que cobran sentido a través de los hilos mismos, entre otros hilos contrapuestos con la otredad de los hilos de allá —esos que a veces vemos sin comprender—.Hilos tensos, hilos leves, hilos molestos, otros inconclusos, dinámicos, indecisos, vibrantes, luminosos, enredados, con nudos, enredados entre otros hilos... Hilos que empiezan siendo el misterio detrás de escena y terminan siendo la medida de lo cotidiano.
¿Cómo dejar de entretejerlos y anudarlos? En mí veo germinar esa costumbre como un reflejo casi autómata, un escalofrío constante de alguna materia que no veo pero está, siempre está. El tejido responde a un movimiento de agujas gigantes que veo desde abajo cuando logro verlas, como pasa en esos momentos plagados de sonidos intermitentes que se sincronizan de golpe. O será que el que se sincroniza es uno con ellos, andá a saber.
En particular, diría que veo algo así como manos que hacen crochet con hilos infinitos, o eso creen ver mis ojos. Veo también mis hilitos ínfimos, que en realidad no son míos y tantas veces creí gigantes sólo comparándolos con otros. Siempre que los miro revive en mí esa dinámica conocida de querer "ser grande" cuando "sos chico" y viceversa, ese capricho que termina sólo cuando cierra el telón. Y decir que termina es un eufemismo, porque termina como lo hace la lluvia, que vive y crece detrás de escena. Qué subjetivo esto, hablar de lo grande y lo chico. Y qué grandes compañeras son las comillas... tan pequeñas.
En fin, así los ojos se me bizcan, veo borroso y desnudo nuevos hilos que apuntan a cualquier lado, hilos mal ubicados, mal dimensionados. Grandes hilos de metal entre la cabeza y el corazón, hilos repetitivos ahogando mi Animus, hilos rígidos por tanta helada, hilos con nudos tras nudos tras nudos entre varios hilos irreconocibles. Hilos que ya no se sabe de dónde salieron, que tal vez se hagan círculos sin saber.
Hilos especiales, con otra textura, que me arriesgo a nombrar como temporales y atemporales. Son los mismos y apuntan a nuestra raíz del tiempo, lo Creativo, aferrados con fuerza a nuestros niños: hilos que cada tanto hacemos riendas y nos reímos con un hacer que nace del ser (risas que también vienen entretejidas. Espasmos estornudos del inconsciente).
Veo, desetiqueto en círculos, y observo el desorden.
Me aburro; tiro de un hilo y veo lo que pasa. Tiro de otro hilo, veo lo que pasa. Así.
Veo por otra parte, con la mirada todavía borrosa, caños, cables y vigas que atraviesan a toda la casa y veo, por supuesto, las paredes que la contienen. Hay un altillo que siempre está y siempre olvido. Subo. Arriba un nene duerme, el sol pega siempre, las nubes nunca llegan y se siente nuevo estar, como rozando el pasto con los pies. Nuevo, como un encuentro-despedida en bucle. Siempre nuevo.
Y veo la casa que en el entretanto parece más conventillo que hogar. Imaginate: un comedor atravesado con hilos, tantos como para atar mil elefantes ¿cómo se vive así?. Pero así vivimos robotizados si no vemos una matriz aunque sea imaginara y mientras veo el supuesto desorden ya no veo la estructura física que cada tanto me marea (ahora que lo escribo veo tan claro que me da más vértigo el limite que el enjambre de nudos. Así vivo).
Alguno pensará que en vez de conventillo eso es un manicomio.
Quien pueda que haga la distinción concreta, porque a mí, por lo pronto, no me sale hablar de la locura como los que reman entre habladurías del día a día. Lo que deduzco irracionalmente es que:
los hilos están siempre,
la estructura puede faltar
o mutar
o ser un río
o mutar
o ser un río
un río de tela
un telar de agua.
Los hilos están
el sol también.
Algún día de esos que naufrago me doy cuenta que desde el parque, afuera y lejos, se entiende mejor el telar, sobre todo cuando me subo al roble florecido. Entender es una palabra gigante pienso, y después me pasa algo fuera de mi común: me aburro de pensar estando ahí afuera y arriba.
Afuera y arriba: cómoda combinación de términos y ubicaciones desde donde administro sin lógica los hilos (lugar que aparte de cómodo es seguro porque no tengo que hacerle frente al león que da vueltas alrededor de la jaula abierta. No es que le tenga miedo, lo que pasa es que todavía no puedo mirarlo fijo aunque me enamore —¿aunque o porque?—. Lo mismo me pasa con el sol. Me pasa con eso-que-se-siente-de-golpe. Mejor ni hablemos de eso, me confundo)
Tal vez decir "en realidad" y "sueño" en la misma frase pueda falsear sentidos concretos aparentes, pero lo que pasa es que el mundo que describo es un mundo de metáforas, un mundo de sugestiones.. Me abro a ver que todo eso también es el mundo desde el que escribo
de alguna forma ahí o allá es más fuerte, más concreto
pero es el mismo mundo que hago fetas para explicarlo
(justamente ahí o allá la metáfora puede ser concreta,
eso es lo que pasa ahí pero acá no, ¿me explico?).
Freno, no quiero enredarme más, así que jugando tiro del único hilo celeste: con el impacto el nene se ríe y me contagia, el león brilla más fuerte y ruge, las puertas ya no están, el altillo se hace vitrina y el árbol agua. Un único hilo celeste anudado en trenza de mujer. Un único hilo trenzado, mi mano que no es mía y no se si estoy dormido o despierto... Y eso pasa ahí, pasa que no sé, pasa que todo esto es un cuentito corto de lo que siento después del vértigo.
Asumo la caída y soy paracaídas sin hilos.
Soy la campana inflada con fuerza.
Soy solo ese momento ahora que escribo sobre éste acá.
Y eso que estaba pasando ya pasó.
Ahí o allá sigue estando en el mismo lugar, ahí o allá, pero el que se mueve soy yo.
Y el movimiento es inevitable.
La oscilación es cadencia y armonía.
Respiración inconclusa de los hilos sobre el Todo.
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